martes 4 de noviembre de 2008

Unos cuadros para compartir

martes 1 de abril de 2008

ar.Tuning!


Imagen AGM

Artículo/ Arte / publicado en Crann N°16 / Año 5 - Octubre de 2004

Muchos de nosotros tenemos la costumbre o la curiosidad, más común en hombres que en mujeres, de observar a los automóviles por la calle. Es claro que desde pequeños nos inculcan (bien lo sabía Freud) las tendencias o vicios que en el futuro gobernarán o impedirán nuestras vidas: a las niñas les regalan el espejo y el lápiz de labios, a los hombres la pelota y los autitos. El por qué de que luego en la vida adulta este orden se subvierta a veces, e intercambie tal tendencia, no es un interrogante que este escrito quiera o pueda dilucidar. Pero en cambio podemos reflexionar acerca de cómo, cuando un automóvil se nos muestra diferente a la trama uniforme que la estandarización nos impone en el paisaje automotriz, quienes de este modo estamos alertas a ese universo, nos vemos de tal modo estimulados.

En el horizonte simbólico y en los deseos de todo individuo medio, se inscribirá la admiración hacia los modelos deportivos de alto rendimiento; y en los últimos tiempos, a las camionetas cuatro por cuatro, que son más una moda pasajera de raíz americana. En nuestra infancia no soñábamos con manejar una burguesa cuatro por cuatro, algo concebido en la paradoja que supone andar por el barro cómodamente y sin ensuciarse, pues los interiores y el confort de un último modelo de estas desmesuradas demostraciones de volumen, es el mismo o superior al de un automóvil de alta gama. Al contrario, nuestros sueños eran los de pilotear una inalcanzable Ferrari (roja of course), sin condicionar nuestras ensoñaciones infantiles por los baches insondables de nuestras rutas, a cuyo voraz apetito hubiera sucumbido cualquier coche deportivo. Señalaremos también que en otra flagrante contradicción, el tránsito de las cuatro por cuatro está circunscripto casi en su totalidad al entorno citadino o urbano, donde son evidentemente innecesarias y hasta incómodas, su proverbial fortaleza y sus dimensiones.

Volviendo a nuestros añorados deportivos, símbolos del deseo de generaciones, que observaron extasiados cómo los pocos que podían darse el lujo de tenerlos, disfrutaban de las mieles de los caballos que empujaban adentro del capot; cabe destacar que es inusual toparse con una de estas rara avis, a no ser en las nutridas calles de la capital, donde las probabilidades se amplían merced a su demografía desmesurada, y como no, a la variopinta población que incluye a quienes por poder adquisitivo pueden darse ese gusto.

Despejemos aquí un mito. Los automóviles deportivos alojan gente sonriente (al menos en las fotografías) no porque vayan disfrutando de un cómodo viaje de placer, sino porque hicieron antes, todo lo que no pueden hacer en este tipo de automóviles. El deportivo es antisocial por excelencia. Si no es de dos plazas, como corresponde a un automóvil de alta performance de raza, los asientos traseros quedarán reducidos a simbólicos habitáculos incómodos, oscuros y de difícil acceso. Por tanto sólo se podrá transportar con cierta comodidad a un acompañante, y ni hablar ya de equipaje. Queda claro que el deportivo, como amable extensión del coche de carrera que es, está destinado solamente al placer del conductor; con la condescendiente inclusión de un (1) acompañante. Testigo tal vez solamente incluido para apoyar la veracidad de las hazañas del piloto, cuando este narre inverosímiles tiempos de dos horas y fracción para un viaje Buenos Aires Mar del Plata.

Otras contras. Para ingresar en la categoría de deportivo, un automóvil deberá tener una escaso despeje al suelo, lo que veda su tránsito en caminos que como antes mencionábamos, no se encuentren en perfectas condiciones.

El deportivo es incómodo. Quienes frecuenten las mieles de un deportivo deberán "tirarse" adentro, y acomodar su cuerpo a una posición similar a la que adopta en la cama al mirar televisión antes de dormir, con un bulto de almohadas detrás de la espalda, pues además, y para mejorar el CX, el automóvil poseerá un techo lo más bajo posible. Este tipo de vehículos no admite pues el transporte de tías viejas, impedidas cronológicamente de ciertas contorsiones.

La dura suspensión que implica la tenida en ruta y en curva de un deportivo, hace que la conducción se vuelva inconveniente y pletórica en saltos en las cunetas antipáticas y traicioneras de nuestras latinas metrópolis. El consumo de combustible del motor, que en el caso de un deportivo multiplicará con holgura los centímetros cúbicos de la cilindrada de un vehículo standar, será sensiblemente superior al de este último, pero redundará en un funcionamiento más veloz. El mantenimiento de un deportivo demanda además, cuidados, talleres especializados, y erogaciones de dinero muy superiores a las que exige cualquier otro auto.

Por otro lado, quien acceda a este objeto, podrá experimentar a la velocidad de 216 km/h, la misma sensación de quien se arroja en caída libre, con la facilidad de detener tal placer oprimiendo un pedal; evitando lo efímero de paracaidismo, o la poco recomendable y mucho más dolorosa inconveniencia de no contar con paracaídas.

Pero no sólo del placer hedonista derivado de la conducción deportiva, pródiga en sensaciones intensas y difíciles de reproducir por otro medio, vive el deseo del hombre occidental promedio de poseer una de tales maravillas, sino también de su valor en tanto que símbolo. De status, de poder, de coraje romántico, o de bohemia. Sin embargo, un análisis en este registro, ya sea de su consideración como objeto de uso o de cambio, o bien de su categorización en términos "psicologistas" como fetiche, demandaría una extensión muy superior a las ambiciones de este artículo. Baste asentar a esos efectos, y sin intentar analizar profundamente sus fundamentos, que el automóvil deportivo, por símbolo y no por usabilidad o confort, es uno de los objetos de deseo más caro al hombre occidental.

Pero lamentablemente, y en una cuestión que también forma ineluctablemente parte de su encanto, el automóvil deportivo estará destinado al uso de unos pocos elegidos, que gracias a la brutalidad del vil metal que desconoce de merecimientos y virtudes, puedan acceder a él.

original truck

En sus inicios la industria automovilística, y hasta la llegada de Henry Ford, fue un pequeño mundo exclusivo para quienes se aventuraran a utilizar las infernales máquinas nacidas a partir de los experimentos del ignoto Nicolás Cugnot, y la propulsión a vapor, y más tarde de los señores Benz y Daimler. Efectivamente, los automóviles formaban parte de la aventura romántica de principios de siglo, que incluía estas y otras ingeniosas travesuras de los ingenieros, como el aeroplano. Hasta que la aparición de las teorías de un americano llamado Taylor no tuvieron consecuencias, los automóviles se construían como piezas de lujo que eran, o como una sofisticada artesanía: uno a uno.

Esto posibilitaba su personalización, ya que cada vehículo era encargado por un propietario que lo utilizaría. Este propietario era parte del espíritu elitista que lo sindicaba como perteneciente a la clase pudiente que podía comprar un automóvil, y que veía en el carácter único y exclusivo de los objetos que utilizaba, una cualidad fundamental y simbólica. En principio, muchas empresas se dedicaban a proveer el kit esencial de chasis y motor que un "carrocero", vestiría a gusto del propietario. De ahí que la "personalización" y exclusividad del diseño de un auto, era un valor que ya estaba incluido con la compra de uno.

Cuando Ford pone en práctica la línea de montaje, donde el automóvil se iba construyendo progresivamente, y pasaba por delante de operarios especializados destinados a un solo trabajo, y condenados por añadidura a la repetición monótona de éste (como ridiculiza Charles Chaplin en “Tiempos modernos”), cambian radicalmente las reglas del juego, y hacen del automóvil un objeto al que desde ese momento podía aplicársele el adjetivo de "popular". Ya que la línea de montaje resulta mucho más económica que el antiguo método de fabricación, trasladando este beneficio monetario al precio final del producto. Esa misma idea de popularizar el uso del automóvil, llevaría más tarde a Hitler a encargar a Ferdinand Porsche el diseño del Volkswagen (en alemán, auto del pueblo).

Una de las cualidades del automóvil que más se vería afectada por el "fordismo", sería precisamente su personalización, y su diferenciación con respecto a una masa de automóviles gemelos, fabricados bajo idénticas y reiteradas condiciones y mecanismos de producción. "Usted puede tener un Ford modelo T del color que quiera, siempre que sea negro" (Henry Ford sic).

No obstante, paralela a esta tendencia siguió subsistiendo la figura del carrocero, que en el caso por ejemplo de los automóviles de lujo destinados a las estrellas de Hollywood, dio notables ejemplos de sofisticación y capricho. Durante mucho tiempo se sostuvo en los automóviles de lujo esta dualidad de ser, además de un producto seriado e industrial (en lo que respecta a la motorización, chasis, etc.), una especie de obra única y original, con ciertos ribetes que la vinculaban inconfundiblemente con lo artístico.

La idiosincrasia europea de posguerra llevaría a su industria automotriz a fabricar modelos económicos y compactos (esto en líneas muy generales), como los salidos de las megafábricas Fiat, en contra de los diseños de grandes turismos americanos, lujosos y potentes, destinados a surcar la enorme geografía del país del norte, con un plus de confort. Con todo y pese a la adopción natural del sistema impulsado por Ford, muchas de las grandes marcas sostuvieron, dentro de los límites de una carta de colores y opciones de interior posibles, el valor de la "personalización". Esto era dar un cierta singularidad a un automóvil que por precio, se vinculaba a quienes veían en la originalidad y la exclusividad (las clases altas), un valor importante. Aun hoy es parte de la jactancia de marcas como Rolls Roice, Jaguar, Porsche, y otros fabricantes de automóviles de lujo o deportivos, el incluir un sin fin de opciones de personalización que escapan a los autos genéricamente definidos como populares, que ofrecen al comprador un magro margen de decisión, incluyendo apenas el color del auto, su motorización, y poco más.

tuning o diseño popular

Los dos incisos anteriores, no son más que el desmesurado preámbulo que anticipa el tema central de este artículo, apenas enunciado en el título. En ellos se han ilustrado, de forma imperfecta seguramente, dos conceptos que sustentarán estas posteriores elucubraciones: el deseo de tener un deportivo, y el afán de personalización de los automóviles de lujo, reñida con la estandarización monótona de los autos populares. Del cóctel de estos componentes surge a nuestro entender lo que popularmente se ha dado en llamar “tuning”.
Etimológicamente la palabra anglosajona tuning define una variante determinada de ajuste y “entonación” de componentes mecánicos y electrónicos de la ingeniería automotriz, destinados a la obtención de una mejor performance.

Existen al menos dos variantes identificables del tuning. Por un lado está la deportiva, compuesta por quienes preparan autos para competir en velocidad las llamadas "picadas" o cuarto de milla, cuya máxima expresión son los "dragsters" americanos; aquí se pone el énfasis en la puesta a punto de los motores, con la inclusión de desmesuras tales como el óxido nitroso. Por otro lado está la variante estética, con destino a "exposiciones", o el simple disfrute por parte del propietario (o la "tribu" como diría Maffesoli) que es en la que más nos interesa extendernos.

Históricamente se pueden encontrar las raíces del Tuning en varios lugares a un tiempo. Antes de la Segunda Guerra mundial, Alemania conoció las primeras modificaciones del ya mencionado y clásico Volkswagen escarabajo. La joven pasión que ocasionaban los preparados "roadsters" en los Estados Unidos de los años ´50, se pone de manifiesto en películas como “Revelde sin causa”, o las más reciente “American Graffiti” que lanzó a la fama al joven George Lucas; en esos films se puede encontrar el reflejo de la obsesión americana por los automóviles, las carreras de autos, y los vehículos preparados y personalizados. Actualmente, la saga de la película “Rápido y furioso”, da una idea del mundo del tuning, a quien soporte noventa minutos de un fiasco de argumento, con una voluntad más antroplógica que estética.

La tendencia que primero se difundió en Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia, Gran Bretaña y Japón, se ha extendido por todo el mundo creando una verdadera multitud de clubes, publicaciones, exposiciones, y otras formas de contacto entre los componentes de este curioso universo. Que tiene además el apoyo logístico de los comercios especializados, que responden a la demanda de los entusiastas cultores del tuning. Internet a contribuido sin duda, y en el ciberespacio proliferan los foros y ciberclubes a través de los cuales se coordinan reuniones, intercambios de todo tipo y ayudas para quienes buscan consejos, repuestos o simplemente iniciarse en este fascinante mundo.

El hecho es que, y este es el punto que sin duda posibilita el desarrollo de un artículo de estas características en una publicación de arte y diseño, existe en la voluntad de “tunear” (adorable spanglish) un automóvil, un innegable componente estético. Y este componente estético es el que vincula los elementos que hemos hecho jugar al comienzo de nuestro artículo. Precisamente el deseo de tener un deportivo, hace que los propietarios de autos populares, huérfanos de toda personalización, operen a través del tuning, particularizando sus vehículos a imagen y semejanza de los deportivos. Aún sabiendo que el agregado de alerones, spoilers, tomas de aire y pinturas de toda índole, no mejorarán la performance de su automóvil. Que no puedan comprar el objeto inalcanzable de su deseo, no significa que no puedan emular la “sensación” deportiva mediante artilugios visuales de toda índole, e incluso sonoros, como cuando agregan un escape “silen” que con su inconfundible e inconveniente algarabía, adornará las tardes muertas del conurbano.

Los contemporáneos cultores del tuning operan como los antiguos carroceros, con la diferencia de que parten de una estructura existente, modificándola. Lo insólito y sofisticado de sus incursiones, configuran modificaciones que pueden, merced a su alto grado de complejidad, desdibujar el perfil conocido de un automóvil estándar hasta hacerlo irreconocible, mediante la implementación de alternativas estéticas no siempre felices. Precisamente, la consideración estética de estas intervenciones, debe superar el prejuicio que las considera en líneas generales, dentro de la inapelable categorización de “grasas” o “mersas”.

Pródigas en estilos vinculados con la ficción científica, la fantasía de la alta tecnología, la aplicación de materiales y colores insólitos y la proliferación de pinturas vistosas y combinaciones de estas que transgreden el sobrio paisaje automotriz, las personalizaciones nacidas del tuning desafían las convenciones del “buen gusto”. Además, la elección del automóvil para su modificación posterior, no siempre se condice con el cometido original pensado para dicho vehículo. Gracias a eso, podemos asistir a la conversión de “utilitarios”, como camionetas y combis que en la inagotable imaginería del tuning, se transforman a imagen y semejanza de los automóviles deportivos.

Hacer una valoración estética de los resultados del tuning, expresaría el gusto de quien aquí escribe, y no redundaría en beneficio de quien por sí mismo, es decir el lector, debe esforzarse por comprender sin prejuicios, una tendencia que en la actualidad y por lo extendida, expresa una profunda inquietud estética, en quienes someten su interés, su tiempo y su dinero a este ¿hobby?. Por esto, el tuning se muestra también como una reacción de quienes no se conforman con lo estandarizado, que no cubre sus expectativas estilísticas; desafiando nuestra capacidad de asombro, y poniendo de paso en duda el trabajo de los diseñadores que desarrollaron el automóvil que será la base de sus modificaciones.

Si puede llegar a sonar exagerado llamar la atención sobre este fenómeno desde el punto de vista del arte y del diseño, y desde una valoración de orden estético, no hay más que pensar que los filetes o el fileteado, sin duda una personalización vernácula que ostentaban en el pasado nuestros colectivos, ha sido tomada en la actualidad como estética exportable, y reivindicada de diversas formas desde el campo artístico y diseñeril, como imagen de una especie de “pop art” nativo. Es de destacar que este tipo de expresión era en el pasado, como el tuning actualmente, también vinculada con lo "cursi".

En el futuro, cuando junto a nosotros en el semáforo se detenga una Fuego GTA Max, con la trompa baja porque le cortaron dos vueltas de espiral, capot con toma de aire simil Ferrari F50, pintura en verde manzana metalizada y plateado, llantas Mangels de aluminio con cubiertas 185 R14 adelante y 225 R16 atrás, luces de neón verde fluo debajo de los zócalos, interior personalizado con pintura al tono, tacómetro cuentavueltas, medidor de presión de aceite y voltaje de batería agregados al parante del lado del conductor, volante Momo de formato octogonal, butacas Recaro de competición con cinturones de seguridad de cuatro puntos de sujeción, equipo de sonido con potencia y parlantes cuatriaxiales en luneta trasera y puertas, escape cromado y alerón doble de fibra de carbono, no sonriamos de forma condescendiente. Tampoco admiremos tamaña demostración de fantasía en los términos del kisch, concebido para que la conciencia del esnobismo disfrute con tranquilidad de los frutos de lo popular.

Pensemos que este objeto, “nuevo” y original, se trata de la legítima expresión de una inquietud que subvierte el orden general inherente a todo lo que es producido en serie. Que se trata de la cristalización de tal vez cientos de horas de trabajo, y lo que es más importante, de una preocupación estética por parte de su propietario, aplicado en hacer un objeto único y a su modo, por que no, bello. Pocos son los que tienen la valentía de asumir sus fantasías, y de mostrarlas (demostrarlas) además, un poco vanidosamente por cierto, al resto del mundo. Desde aquí saludamos a quienes se encuentran enfermos del tan notable berretín del tuning, con la simbólica y sonora pirotecnia de nuestros escapes libres.

martes 19 de febrero de 2008

ar.In´ Communication


dibujo AGM - carbonilla

Artículo/ Arte / publicado en Crann N° 14 / Año 5 - Junio de 2004

Se ha fijado usted alguna vez, digo, en esos momentos donde uno tiene tiempo para contemplar su derredor, lejos quizás del mundanal ruido o mejor, de contemplar el mundanal ruido. Se ha fijado en ese mundanal ruido, ¿cómo se va tejiendo la comunicación entre las personas? No digo cómo tejemos la comunicación nosotros mismos, puesto que estaríamos ubicados en el desventajoso lugar de analizar nuestros propios dichos o mensajes, sino (salteándose esta dificultad, ya que para analizar lo que dice uno puede pagarle semanalmente a un psicólogo) la de prestar atención a lo que se dicen las personas entre sí.

Dos cosas: primero, prestar atención realmente, no como solemos hacerlo, con esa escucha lateral, dispersa, liminar. Sino focalizándose en lo que se dice, buscando un sentido profundo, último. Segundo: lo que se dicen las personas entre sí. Cuánto de lo que se dice es para realmente comunicarse con el otro y cuánto es para uno mismo, o acerca de uno mismo.

Sobre el mensaje detrás del mensaje, sobre lo que se entreteje con él, sobre lo que se dice por detrás de lo dicho, sobre lo que se reitera, más podrán decir los analistas y los simpatizantes de Lacán. Sobre la parte del mensaje que se dirige al otro, sobre lo que "comunica" también hay quienes están más autorizados que nosotros, no ya a opinar, sino simplemente a analizar, o a decodificar. Sin embargo tenemos el derecho del observador a precisamente: observar, describir poner relieve a un hecho percibido.

Se me ha dado pensar, de aquí algún tiempo atrás, de que en rigor la comunicación es una farsa. Hasta diría que la comunicación no es si completamente imposible, sí muy difícil. Y es que, hasta el intento más estúpido de mensaje se tiene que leer entre tal maraña de implicancias, variaciones, interferencias, interpretaciones, pautas culturales, tonos, inflexiones, sorderas, que es al llegar una sombra tan pálida de lo que pensó quien quería emitirlo en un principio, que nos debemos conformar con suertes de graznidos que nos imaginamos armonías.

Considerando además que quien piensa en decir algo, debe filtrarlo por el tamiz de su propio entendimiento, intentando explicitar por medio de lo dicho, lo pensado. No debemos dar cuenta sobrada de que lo pensado y lo expresado no es lo mismo ni mucho menos, y de que siguiendo la idea del filtro algunos deben conformarse con algunos rezagos de melita de boca estrecha y demasiado uso (y cuando no, vicios literarios e influencias contradictorias), que torna sus mensajes en un brebaje demasiado espeso de digerir. Está también el antagonismo de quien no expresa claramente por falta de notas en la trompeta, haciendo que soportemos sus solos monocromos y somníferos.

Expresarse es precisamente expresar-ser. Las palabras que usemos, las que repitamos, las ideas que prestidigitemos darán cuenta de lo que tenemos adentro (horroooooooooor!!!) así estemos pidiendo un café.

A pesar sin embargo, de todos estos dimes y diretes que atraviesan nuestras palabras antes de llegar al oído deseado (y algunos más que nuestra ignorancia afortunadamente nos evitará describir), se pueden advertir en los mensajes, y en este caso de lo hablado: constantes, repeticiones y lugares comunes. Aquí está el punto donde quería llegar (aquí al fin), y es el de la cantidad de frases hechas, muletillas, dichos, etc., que encontramos enredados en las voces más diferentes.

Existe una cosa llamada letra, que combinada forma lo que damos todos en llamar palabra, que sería la primera partícula de sentido (este análisis es mío), al menos en nuestro alfabeto. Por poner otro ejemplo, en el caso del alfabeto chino o japonés, cada signo corresponde a una palabra (o sea para un signo un sentido, en el caso de ellos al menos dos), lo cual hace que su idioma sea algo solamente dominable por su encomiable cultura: cosa de chinos. Nosotros en cambio, con estas partículas llamadas palabras (división hecha de significado y significante bla, bla, bla) contamos con la bendición de poder combinarlas infinitamente para expresar nuestros conocimientos, alegrías, pesares, poesías y cartas documento. Pero, contrariamente a lo que se podría pensar, esta infinita combinación no es explotada.

Mi paranoia a dado en descubrir una cantidad finita de combinaciones preestablecidas que repetimos sin cesar. Tanto si se trata de frases hechas, como del intercambio de ellas en una conversación. Solamente asistir a una charla en el almacén, entre despachante y despachado, dará cuenta de un juego doblemente fascinante porque muchas veces es ignorado por quienes se solazan en practicarlo. Podemos incluso asistir a charlas completas compuestas de estas frases. Como en el ajedrez, todo es una combinación de ciertas jugadas repetidas y memorizadas que se concatenan ¿lógicamente?. Si uno tuviese una memoria más exacta de las cosas, ella nos revelaría que hemos asistido a las mismas charlas, al mismo intercambio puntual, en numerosas ocasiones. Sería gracioso pensar que quizás ciertos dejavu que tenemos, son simplemente conversaciones reiteradas a las que ya hemos asistido.

La típica charla entre vecinos: "qué tiempo loco", a la que se continúa con un "Ilueve, deja de Ilover" o "hace frío, hace calor" ¿Cuántas veces la escuchó? ¿Cuántas veces la dijo? O las fórmulas para saludarse:

a: -¿qué tal, cómo andás?
b: -todo bien ¿vos bien?
a: -sí bien ¿tu familia?
b: -bien ¿la tuya?

"Buenos días", "buena tardes", "buenas noches". ¿Qué es buenos días? ¿Un deseo para que el otro convierta mágicamente por la acción de nuestras palabras su día en un “buen día”? ¿Dar cuenta de que el nuestro es un "buen día"? ¿Y el del otro? ¿Nos interesa que esta vieja vecina tenga un "buen día"? Ahhhhhhhhhhhhh, es por una cuestión de buena educación. Ser bien educado es decir algo que no sentimos. ¿Mentir acaso? ¿Cuándo tiene usted el deseo de decir ¡qué buen día!? ¿Y entonces por qué lo dice todo el tiempo?

"Adelante, póngase cómodo” ¿Qué hacemos? ¿Obedecemos a nuestro primer impulso y nos sacamos los zapatos? Nooooooooo!!! ¿Qué es ponerse cómodo? Yo cómodo estoy cuando estoy desnudo, entonces me desnudo. Nooooooooo!!! Es la sala de espera del médico!!! ¿A quién se le ocurre? A mi, si tomo al pie de la letra lo que me están diciendo. Y cuando digo "tomo al pie de la letra" estoy incurriendo en lo mismo que observo en los demás.

También las frases que plagan noticieros televisivos y diarios:

1 ) "Un huracan azota el Caribe". ¿Por qué los huracanes azotan? ¿Por qué no soplan, destruyen, etc? ¿Por qué siempre se dice que azotan?

2) "El citado nosocomio" ¿Usted usaría siquiera en chiste una expresión como ésta? ¿Y por qué las crónicas periodísticas la repiten invariablemente?

De este catálogo ínfimo, enumerado solamente para despertar en ustedes los ecos de otros giros que recordarán o advertirán han oído, se desprende una pregunta simple: ¿Por qué? ¿Por qué repetimos estas frases hechas todo el tiempo? La pregunta es simple, la que es difícil es la respuesta.

Según el diccionario un rito es un "... acto formal en el que los participantes realizan una serie de acciones relativamente estereotipadas y pronuncian declaraciones conforme a unas normas rígidas y minuciosas, prescritas en gran medida por la costumbre y aprobadas de antemano...". La similitud con el hecho que estamos describiendo es sospechosamente similar. Y nuestra sociedad, a pesar de la proliferación orgiástica de teléfonos celulares, tarjetas magnéticas, microchips, microondas, microcirugías, etc.(que podrían hacemos suponer que el rito es una práctica caduca), está jalonada de este tipo de conductas.

Seguimos cumpliendo ritos, religiosos o paganos, cuando nos casamos o cuando tiramos agua en carnaval. Cumplimos ritos de paso o simples ritos cotidianos, y hasta las futbolísticas cábalas no son otra cosa que ritos. El rito sin embargo, puede ser visto también, no solamente como parte de una superstición primigenia que nos legaron (vestigio tal vez del pensamiento mítico animista de nuestros ante-ante-ante-antepasados), sino como ritual que sirve al repetirse para mantener un orden imperante, un sistema funcionando tal y cual está.

Piense sino cuántas de las cosas que llevamos a cabo están de tal manera ritualizadas que de no hacerlas así, siempre igual, tenemos la vaga sensación de que algo malo podría sucedernos. Desde revisar la puerta y los gases cerrados antes de irse a dormir, o comenzar a bañarnos siempre por la cabeza, hasta los protocolos que rigen embajadas y otros lugares donde seguramente estaríamos mal vistos. Todo ritual (y esta es una opinión mía) tiende a evitar la disgregación. La repetición de algo hace que ese algo viva, aunque sea momentáneamente, marcando de paso una línea pequeña y perpendicular en la inasible y más larga e infinita línea del tiempo. Quizás para que no nos inquiete tanto el sentimiento del desorden, de no progresión, de no evolución, de no escalonamiento, de la anti-organización que sobrevendría si no tabuláramos de alguna forma el tiempo.

Pero desde el momento en que el rito deja de ser algo personal y privado (como podría ser una cábala o una promesa, las cuales preferentemente deben ser secretas), y se convierte en algo social para el cual se requiere dos o más personas, deja también de ser algo inofensivo; porque tiende a poner en jaque no ya la disgregación de la persona (o su universo personal), sino a combatir la disgregación del sistema que estas personas componen, es decir, la sociedad.

Lo más curioso de este hecho es que el que describimos (o el que creemos descubrir), no es un mecanismo anti-disgregación surgido desde el poder hacia el cuerpo social (leyes, regulaciones, reglamentaciones, historia, etc.), sino desde el cuerpo mismo; desde las partículas hacia las partículas. Y es por eso tal vez que es tan arraigado y tan subliminal, que cuesta retirarse para considerarlo (incluidos fatalmente nosotros también en esta trama)(en esa trampa).

La explicación de por qué el grupo quiere mantenerse como tal mediante estos mecanismos laterales y elípticos; de por qué en estas ocasiones se emite la comunicación simplemente para formar el vínculo sin importar el mensaje (un mensaje convencional y reiterado); esta explicación no se encuentra al nivel del razonamiento, no al menos al nivel que yo puedo manejar. Sin embargo voy a apuntar un hecho que siempre me llamó la atención, y que desde la intuición puede llegar a arrojar alguna sugerencia para su posterior consideración.

Todos los días puntualmente a las 6:00 am (lo se porque vivía enfrente), suena una sirena chillona e irritante en el hipódromo, que anuncia el comienzo de los entrenamientos. Todos los días, también puntualmente, los empleados del hipódromo llegan a las 5:30. Los que comienzan a llegar gritan a los demás (lo más retrasados) mientras los ven venir de una distancia prudencial (esto varía entre los cien y los cincuenta metros) (los gritos como habrán podido adivinar son MUY fuertes). Este saludo, lejos de una fórmula amigable, combina de forma sorprendente los insultos más injuriantes, atendiendo al estado civil del recién llegado, las conductas de su esposa, su madre, su hermana, etc. Sin embargo, el que arriba, lejos de enojarse se ríe grandemente (gran demente) y dispara con sus mejores gritos fórmulas parecidas; finalmente todos se ríen juntos.

El cariño de los hombres encuentra formas brutales de expresarse. No pudiendo darse un abrazo quizás, la vía sustituta para darle salida es esto tan parecido a la agresión, a la injuria. Pero el vínculo está. El vínculo se produce incluso antes de la cercanía física, encuentra una manera de sobrevolar la distancia para iniciar antes la comunicación. Tal es la premura por agruparse (por combatir tal vez la amenaza velada que se cierne sobre las madrugadas invernales), que encuentra esta forma curiosa de adelantar el contacto, de combatir el desamparo.

La soledad es a veces un bloque de hielo demasiado grande para nuestro vaso. La manera de ahuyentarla es a menudo la menos explícita (sobre todo para quien la produce), pero es tan simple como el invencible deseo de NO ESTAR SOLOS. ¿Y no estar solos para qué? ¿Para no escuchar demasiado fuerte los fantasmas que deambulan por nuestra cabeza? Quizás. O para no constatar en definitiva (como lo hizo Lacán) de que en realidad: EL OTRO NO EXISTE; de lo cual se desprendería irremisiblemente que en efecto (sepanlón), ESTAMOS SOLOS (glup!).

cr.Mundo miserable / El oculista


pintura AGM - El pez grande se come al chico - acrílico

Crónica / Mundo miserable / El oculista / inédito – todos los derechos reservados

Hay veces que la providencia o para los ateos nuestra puta mala suerte quiere que el cuerpo (el nuestro) nos demuestre que está allí, que tiene una presencia, un espesor y un peso; y la mejor manera de demostrárnoslo es con el dolor. El dolor, ese miserable recordatorio de que existimos se nos presenta y excluye al resto del mundo de nuestro campo de sensaciones. Cuando además el dolor se hace presente de una manera estúpida, accidental y por tanto evitable, es mucho más profundo nuestro desaliento.

Un sábado a la tarde se levantó un soberbio viento en mi calle, que prefiguraba la tormenta que luego sobrevendría. Como es de suponerse la temperatura aumentó hasta límites insoportables, el cielo se cubrió de un gris fascinante y azulado, y el viento comenzó a silbar amenazadoramente a través de las ventanas abiertas de par en par, creando un fantasmal baile de cortinas. El suelo, que todavía no había sido bautizado por el agua, se levantó polvoriento y se introdujo petulante en el living de mi casa.

Yo, con esa premura que desde nuestro interior adornamos con ciertos ribetes de heroísmo que sólo nuestra extrema sensibilidad de hombres puede advertir, me apresté a cerrar las ventanas antes de que mi familia fuese mancillada por tamaña muestra de la naturaleza; pero hay!, sino fue algún demonio entreverado en los piolines de la realidad, o un falso camino que el destino me ofertaba, que me llevó hasta aquella ventana por donde desaforadamente una nube de polvo me azotó la cara sin previo aviso y me llenó los ojos de una tierra seca e hiriente. Automáticamente y sin pensarlo, en lugar de ir hacia el vecino baño y echarme agua en mis pardas pupilas, me refregué los ojos con desesperación y energía para causar un daño más profundo, certero y memorable.

Para el domingo mi ojo izquierdo, que me había importunado toda la noche del sábado, estaba semicerrado; para el lunes remedaba el de un boxeador fuera de forma que hubiese recibido la salsa de un contrincante poco piadoso. Comencé pues a buscar un oftalmólogo (yo buscaba un oculista pero esa palabra parece ahora en tiempos de puristas del lenguaje ser una “mala palabra”). La máquina de impedir que se esconde en nuestras obras sociales del estado comenzó a tenderme una trampa tras otra. Los bonos de consulta que confiadamente llevé a uno de los consultorios que visité pidiendo referencias y aranceles me sonreían vencidos e inútiles, ninguna secretaria los aceptó. Finalmente recalé en una serie de consultorios externos donde consintieron en atenderme sin bono y por una suma contante y sonante que sonaba razonable (en comparación a otras escandalosas que me ofrecieron). Mi ojo izquierdo que latía y manaba un abundante líquido lejano a las lágrimas pareció agradecérmelo.

Cuando llegué tras largo pasillo y empinada escalera a una sala de espera sin ventanas, me encontré que había muchas personas con las mismas intenciones que yo, pero ninguna parecía tan urgida; imaginé sus objetivos al realizar la visitas: ajuste de anteojos, controles periódicos y futilidades mucho menos dolorosas que mi dolor. Aún así debí esperar a pesar de que mi ojo amenazaba ausentarse de mi rostro, o al menos dejar sus funciones. Y aquí, en esta larga espera, comprendí que nuevamente el destino me tenía reservado uno de sus platos difíciles de tragar.

La sala de espera daba a un pequeño pasillo sin luz al cabo del cual (unos pocos metros) se veía una puerta abierta que lo iluminaba, era la puerta del consultorio del oculista. Atendía con la puerta abierta. Me resultó algo chocante aunque dada la disposición de la sala de espera los que allí esperábamos no viéramos nada. Pero se oía muy claramente lo que allí ocurría. Los diálogos que nos vimos forzados a escuchar durante la espera quienes allí estábamos, me parecieron además de lejos de nuestra incumbencia (detalles de operaciones de cataratas, recetas caseras de enjuagues oftalmológicos, descripciones fatales de irremediables miopías) completamente impropias, pero no por el contenido de los mismos, sino por el modo en que se expresaba el facultativo que, recordemos, luego me iba a atender a mi. Las risas nerviosas de mis acompañantes ocasionales atestiguaban un sentimiento semejante al mío. Mi primera impresión fue que aquel hombre estaba borracho. Hablaba con la voz triunfante y despojada de todo recato de un tipo en el que el alcohol a derrumbado las inhibiciones. Era una voz ronca, explosiva, cargada de cigarrillos negros, la que vociferaba en la punta de aquel pasillo.

- ¡Ponete ahí, no seas cagona! – espetaba la voz de aquel energúmeno a una mujer de edad que había entrado con su hija; refiriéndose seguramente al hecho de que la anciana demostraba cierto temor a una inspección ocular que se sabe siempre incómoda.

Cuando las dos salieron, le tocó el turno a otro pareja de madre e hija. Esta vez la mujer mayor se defendió del irrespetuoso con cierta ironía, tal vez intuyendo nuestra forzada expectación y temiendo de algún modo nuestro anónimo y secreto juicio. Pero nada pudo contra las brabuconada encarnada en aquel tipo.

- ¡Yo no se que mierda pasa con estos laboratorios! – lo escuchamos decir con el tono de quien insulta aun conductor imprudente que le tira el auto encima.

A esa altura ya pensaba en irme para no tener que soportar un tratamiento similar, pero mi ojo, lejos de consideraciones morales, se esforzaba por demostrarme que yo debía demostrar mi amor por él afrontando cualquier vejamen.

- ¡Muglia! La voz del miserable me llamaba como quien pasa lista en una ronda de presos. Cuando entré al consultorio me asombré de lo bien que puedo adivinar la contextura física de una persona con sólo escuchar su voz. El hombre en cuestión era, como lo había imaginado, una especie de zapo papudo y arrogante sentado a horcajadas en un taburete giratorio. Llevaba puesto uno ambo color celeste de esa tela fina tan desagradable que usan los médicos en las terapias, el escote amplio de la camisola dejaba ver su pecho velludo y canoso quemado por el sol, y una fina cadena de lo que supuse oro.

Intenté ser lo más lacónico posible y no reaccionar ante los bárbaros estímulos de aquel personaje, solamente quería una receta y que me sacara la viga que estaba asolando mi ojo.

- ¿Andresito, qué te pasó? Tengo que aceptar que ofenderme con el diminutivo era una muestra de sensibilidad demasiado exagerada, pero aún así me incomodó.

Comencé a explicarle, nervioso, lo que había ocurrido, puntualizando demasiado los pormenores del hecho, como siempre ocurre cuando queremos ser sintéticos.

- El sábado… vió que hubo una gran tormenta…bueno…

- No se que pasó acá el sábado porque yo estaba en Brasil.

Rápidamente pensé: “me cagó”. Con una frase había puesto distancia entre mi ordinaria vida de pobre empleado, y la suya de médico exitoso que hacía escapadas turísticas de fin de semana al extranjero. Igualmente seguí mi relato, él mientras me había hecho sentar en uno de esos aparatos diabólicos e intimidantes que se utilizan para este tipo de estudios

- Bueno se me metió algo en este ojo, una basurita… y me refregué y seguramente me lastimé, o todavía tengo algo adentro (pensé en agregar “del ojo” para evitar el chiste zafado, pero realmente no lo creí capaz de tanto).

Una luz penetrante me dio de lleno en el iris y puedo jurar que la sentí llegar hasta la nuca.

- Conjuntivitis viral epidémica -, sentenció con voz misal – seguramente estuviste con alguna pendeja el fin de semana, que te lo pegó, esto es re-contagioso – agregó con un tono mucho menos solemne.

Consternado por la insolencia quise dejar claro que era un tipo casado, con dos hijos y que no salía con “pendejas”; algo airada pero seriamente le espeté:

- No, no estuve con ninguna pendeja…

- Entonces con un pibe – dijo socarronamente. El tipo era un genio.

Cuando era pequeño me asaltaba a veces la fantasía de una especie de omisión legal por parte del estado que nos permitiese la decisión de matar una o tal vez dos personas (con la debida justificación) sin ir presos; en esa época fantaseaba a quien elegiría, agotaba lentamente mis oportunidades pues se trataba naturalmente de decisiones muy trascendentes. Si esa ley delirante hubiera estado en boga aquella tarde hubiese agotado allí mismo una de mis posibilidades, estando seguro de hacer un favor enorme a mi comunidad.

- Pero, a mí me entró una basurita en el ojo – argumenté – no me parece que una conjuntivitis…

- Hay una epidemia de conjuntivitis- dijo meneando la mano como para borrar los restos de mi discurso que hubiesen quedado estorbándole en el aire – ponete estas gotas, no vayas a laburar, te va a durar tres o cuatro semanas.

Yo ya no podía argumentar más, rogué que terminara el maldito certificado que le pedí y que sabía no necesitaba para justificar mi ausencia en la oficina. Cuando se enteró donde trabajaba (un organismo relacionado con el trasplante de órganos), comenzó a indagar la forma de habilitar un centro de implante de córneas, ya que él sabía el trámite era muy difícil y yo le tenía que ayudar bla, bla, bla. Cuando le dije que anotara el teléfono para averiguar (que era la única ayuda que pensaba darle), disparó su vozarrón:

- ¡No, qué teléfono, voz me vas a averiguar y me vas a llamar! –

No se si adivinó mi perplejidad o si leyó en mi sonrisa la inoperancia de sus atropellos en este caso, “acá ganó yo, pense”.

- Trabajo en prensa, no lo puedo ayudar. ¿Tiene donde anotar?- Quise darle al final de la frase un aire sutilmente impaciente, aunque no se si mi delicada inflexión llegó hasta aquella mente obtusa. Gocé viéndolo buscar un papel y una lapicera, después le dicté los números muy rápido, como para que tuviera que preguntar varias veces con aire estúpido; sólo conseguí que me hiciera repetir dos números, pero fue suficiente. Obtuve mi pequeño triunfo.

Me dijo que volviera la semana entrante, yo asentí como si me muriera de ganas de tener otra edificante entrevista como aquella, seguro de no verlo nunca más. Cuando bajaba la estrecha escalera alumbrada por el foco desnudo que pendía de un largo cable, lo escuché llamar a su siguiente víctima. Rumbo a la farmacia y mientras las nubes se apelotonaban en el cielo prometiendo lluvia, reflexioné sobre la extraña forma de repartir las cartas que tiene Dios.


cu.Cómo me gustaría que fuese el mundo


foto AGM

Cuento / inédito – todos los derechos reservados / año 2001


Empieza bien, eso no lo cambiaría, me despierto con mi amor y me acurruco como un paloma en su regazo mullido, en esa renuncia a la hombría y retorno al estado de niñez, de indefensión, que nos permitimos los hombres en la intimidad. Estiraría sí un poco ese momento, duraría quizás todo el día o varios días, de caricias somnolientas y duermevelas compartidas. Cuando salimos y nos despedimos su aliento se queda pegado al mío, maravilla que no se me hubiese ocurrido si tuviera que inventar el mundo desde cero; por lo que me he inclinado por una rectificación y ampliación del mundo con el que contamos (tampoco soy tan ambicioso).

Después de una despedida en bajada el foco se amplía del rostro sonriente de mi amor, al resto del todo, que se vuelve de pronto profundamente inhóspito. Cruzar las vías desgarbadas hacia la estación, en esta mañana fría llena de estocadas y de humedad, en esta mañana a medias de polo norte, con luces de neón todavía despiertas. Y este cruce entre los yuyos que se asoman del empedrado y entre los charcos que adivino tan helados, solo se mitiga por la acción atlética de mis zancadas que logran alejar con el movimiento la sensación vagamente aterradora de que lo que se detiene en este ambiente puede congelarse o morir. Después cruzar el puente sobre las vías, que me recuerda tanto aquel otro puente de Van Gogh, todo verdes y azules invernales, pero tan luminoso en comparación de este desvencijado. Ganaría si tuviera esa luz malva y esas bufandas azuladas, algún hombre con galera, alguna dama pelirroja.

En el andén donde la gente se agolpa y donde nos convertimos en simplemente dos piernas y dos brazos más, sin más identidad que las reces que se acumulan en el frigorífico, en ese mismo andén debería haber un piano, no uno grande, un piano vertical con su pianista. Me imagino este pianista con el mismo rostro que uno de estos obreros que van al sur, con grandes bigotes y canas en las patillas enormes, con un pulóver tejido en casa grueso y gastado, de cuello alto, y un saco príncipe de Gales que se abre por atrás cuando se sienta en su taburete. Estaría en pantuflas, para demostrar que está tan cómodo allí como en su casa, que ese momento, ese mismo, es uno de sus favoritos y en el que es más feliz. Nadie le daría monedas, solamente las gracias. Estaría tocando “La valse des lilas” y entonaría la letra con un impecable y sobrio francés, sin altisonancias ni pretensiones de crooner talentoso. Entre la multitud que no se agolparía, sino que guardaría un silencio cariñoso, una joven menuda repartiría rosas desde un canasta sin fondo, que me recordarían el aliento de mi amor y me harían llorar. Y una joven pareja de novios se pondría a bailar lentamente, dejando sus bolsos y carpetas al guarda que sonreiría fraternalmente a nuestras lágrimas.

Después llegaría el tren con su estruendo y nos iríamos todos en él, todos los presentes, incluso los boleteros para evitar las despedidas que son pequeñas rodajas con las que nos convida la muerte. En el tren donde todo estaría tan desvencijado como siempre, habría en cada vagón algo interesante para ver, peceras con cangrejos desmesurados que los niños alimentarían con gran alborozo de su parte, que convivirían con peces coloridos de sugerencias tropicales. En otro vagón un hombre menudo interpretaría en su trompeta dorada y reluciente, el sombrero algo caído sobre la frente, una improvisación inspirada en el vuelo de los pájaros y en los dedos de Louis Armstrong, que son prácticamente la misma cosa. Un mono disfrazado de arlequín pasaría la gorra y a cada paso se sacaría su antifaz agradecido, mostrándonos su mueca reluciente de dientes, y allí la gente depositaría los pétalos de las rosas obsequiadas por la joven en el andén.

Yo mientras, me sentaría en un rincón y jugaría con los pájaros multicolores que, sueltos en el vagón, se negarían a retirarse por las ventanillas abiertas y se posarían en nuestros hombros, rebuscando alegremente en nuestros bolsillos para picar nuestros boletos de pasajeros. Entretanto un viejo de pelo muy blanco, mientras recita a Prebert (el que recitaba a Whitman pasó hace unos momentos), se acercaría con una canasta repleta de libros, para que eligiéramos el que más nos gustara.

El viejo, mientras acaricia nuestros pájaros a la espera de la elección, deja de recitar y nos obsequia la única foto de su nieta que posee, para que separemos las hojas de nuestro libro sin marcarle las esquinas. Asiente satisfecho cuando elegimos un pequeño volumen de Pavese, forrado en algodón de las islas, y se despide con un sonoro beso en nuestra frente. A nuestra pregunta de si quisiera ser nuestro padre, responde con una intrigante semisonrisa que cuidemos bien a su nieta. Se retira confiando en que a la mañana del siguiente día, le devolverán la foto que jamás se cansa de obsequiar.

Uno de los pájaros se ha posado sobre el borde superior de mi libro y picotea satisfecho uno de los versos, intentándome señalar su preferido, cerca de él un colibrí que permanece suspendido en el aire, asiente gravemente la elección. El alboroto de dos prestidigitadores que se escamotean una naranja a medio pelar, llena de pronto el vagón. Luego de algunas bromas hacen aparecer la misma naranja pero completamente pelada de debajo de la falda de una mujer policía, la mujer ríe sorprendida mientras intenta sacar infructuosamente los restos de la cáscara de la funda vacía de su revolver, mientras aquel es desarmado por dos niños que juegan carreras en el piso de goma, con las balas plateadas y doradas. La naranja es repartida convenientemente entre los pasajeros y los pájaros, se quedan con las semillas.

Exactamente quince minutos antes de lo previsto, el tren llega a la estación que se ha convertido en una gran plaza llena de sol, debajo de sombrillas rosadas los guardas esperan para picar los boletos, pero estos fueron cambiados por los pájaros, que en su lugar han depositado bizcochos y confites. Los bizcochos son repartidos entre la multitud de palomas que se turnan sin disputas para recogerlas del suelo, los confites son depositados en urnas transparentes para ser enviados a donde los estudiosos tratarán de averiguar su función (descartada obviamente la de ser comestibles). El guarda nos cambia nuestro bizcocho por un pequeño ramo de jazmines y nos exige además un abrazo fuerte, frunce el ceño cómicamente hasta que nuestro tercer abrazo lo deja finalmente satisfecho.

A la salida de la estación los automovilistas permanecen inmóviles mientras observan el ascenso de un inmenso globo aerostático multicolor, que se bambolea al final de una cuerda, mientras las señoras dejan de lado las bolsas de los mandados, y se consagran al vuelo de bautismo de sus bombachas, arrojadas desde lo alto de la canastilla por un payaso parecido al presidente.

Y yo tomo la diagonal hacia el horizonte del que han desaparecido los edificios y solamente hay árboles, y me obsequian zapatos nuevos acordonados en las zapaterías frente a la estación, y luego camino siguiendo el compás, y en lugar de escribir mis mejores versos, los digo al primero que pasa que me abre su corazón en un beso de sus hijos, y en una sonrisa a más no poder, mientras la lluvia y el frío se han ido y el sol cubre todo con una película tibia.

ar.Fluir (o cuando las fotocopiadoras matan a los espermatozoides)


pintura AGM - acrílico 

Artículo/ Arte / publicado en Crann N°15 / Año 5 - Agosto de 2004

A primera vista el principio de las artes plásticas pudo haber sido cuando los brujos/chamanes/charlatanes prehistóricos comenzaron a pintar las paredes de unas cuevas que nadie vería, con fines por supuesto mágicos, y no estéticos. Consideraciones aparte de que la existencia de estos chamanes fuera posible gracias a la mayor organización de las protosociedades prehistóricas, cuyo excedente de producción posibilitó que uno de la tribu pudiera dedicarse a otra cosa que no fuera buscar comida para alimentarse. Es decir, cuando sobró comida es que fue posible que uno se rascara (la cabeza) y comenzara a pensar en cosas que trascendían la fútil grosería de subsistir. Esto es: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Quién nos puso aquí? ¿Por qué llueve? Y otras preguntas similares (que en su mayoría aún no han sido respondidas).

Sin embargo no hay que perder un detalle (en suspenso), pese a la importancia y relevancia de lo que estamos describiendo, que es a todas luces el nacimiento del pensamiento. Y no del occidental como estamos acostumbrados, sino del pensamiento liso y llano (o tal vez no tanto). Anyway, decíamos dentro de este maravilloso alumbramiento lógico deductivo está implicado un detalle ínfimo, secundario, relegado y por que no pelotudo.

Y es que para que este chamán pudiese pintar sus animales en las paredes de su cueva, para que luego les arrojara lanzas y bailara sus danzas mágicas a la luz inestable de la llama, para que esto en efecto influyera en la cacería y cambiara el destino, es decir para que este pudiera ser dominado, influido o condicionado por el chamán y su magia; con todo lo que esto implica: participar de alguna manera en los acontecimientos que precisamente nos “acontesen” ya que no disponemos de ninguna herramienta para predecirlos y/o producirlos, debía existir este detalle (nuevo suspenso). Porque sí, los chamanes y médicos brujos prehistóricos ya se habían dado cuenta de que efectivamente, la vida es una bicicleta que nos regalan al nacer (pero sin manubrio). Y la magia era una forma de controlarla, y dominar un poco la angustia existencial, nosotros tenemos la psicología. Pero toooooooooooooooodo esto que estamos describiendo no sería posible sin una cosa: la pintura (e aquí el detalle).

¿Cómo? Sí, la pintura. El pigmento que el chamán usó para fijar en las paredes, de manera magistral, naturalista, incluso impresionista (¡?), según algunos, sus ideas en forma de pintura rupestre. Porque el chamán, antes de pensar en cazar imaginariamente a los animales, tuvo que pensar en cómo representarlos, y concebir un medio (no se olviden esta palabra) a través del cual hacerlo, un soporte (ya lo tenía la cueva, su morada o su templo o su lugar sagrado); y esto lo tuvo que pensar antes del rito, o por lo menos conjuntamente con éste. Porque en el rito estaba implicado el pintar. E incluso el pintar, la representación, era parte fundamental del rito, ya que sin esta operación que también estaba probablemente ritualizada, el rito en sí no sería posible. Entonces, este producto, esta imagen pintada en la pared, ¿era considerado por quienes la producían como arte? No. ¿Estamos asistiendo al nacimiento del arte? No.

Para el chamán, y las pocas personas que observaran las pinturas, éstas no estaban destinadas a la contemplación ni al goce estético, ya que se encontraban dispuestas en lugares poco accesibles, sino a fines puramente rituales. La pintura no era arte, las pinturas eran tal vez: ¿El alma de los animales? ¿El anticipo de la cacería? Quien sabe. Todo es conjetura para esa época de la que no existen registros.

Una cosa sí es cierta, si bien no podemos decir que en la prehistoria nació el arte como tal, sí podemos decir que nació la pintura. Pero no la pintura como concepto, sino la pintura como material. Y aunque este parezca un dato menor, una curiosidad histórica, un buen material para un “¿Usted sabía?” de Pelopincho y Cachirula (ver Anteojito y Antifaz), no lo es tanto si consideramos que el principio que hace posible que en este momento usted esté leyendo esta revista, data del nacimiento del hombre. Y que este principio no es otro que la adaptación de lo que la naturaleza hace por sí misma, y no me estoy poniendo romántico ni new ager, este principio existe incluso (y sobre todo) adentro nuestro.

El principio es básicamente lo que sigue. ¿Qué es la pintura? (recuerden que hablamos de ésta como material o mejor, como materia). La pintura es un sólido que flota en un líquido. No es un líquido de color, es un sólido. Un sólido que se vehiculiza a través de un médium. Todo fluido destinado a cubrir una superficie para cambiar su color lleva básicamente el mismo principio que descubrió nuestro chamán. Ya sea esto acrílico, óleo, acuarela, tinta, látex de pared, barnices, marcadores y rotuladores, y todo lo que se les pueda ocurrir que esté destinado a ese cometido.

En rigor existen otros elementos dentro de la pintura, en cuya descripción no profundizaremos por una cuestión de índole práctico y dramático. Sí mencionaremos la existencia del aglutinante: sustancia destinada a fijar las partículas a la superficie una vez evaporado el médium o diluyente. Al aglutinante se debe también el brillo y la resistencia al paso del tiempo de una pintura.

El médium por su parte, es el río que transporta nuestras piedritas coloridas. Y esto deja de ser una metáfora infantil si consideramos que en el caso de algunos pigmentos las piedritas pueden llegar a ser semipreciosas. Tarea N° 1. Vayan a una librería y pidan un óleo color azul ultramar, luego pidan un azul de ftalocianina. ¡Sorpresa! ¿Por qué el ultramar vale el doble? Porque históricamente el azul era un pigmento de difícil obtención, y la única piedra de la que se podía sacar el polvito que se convertiría en pintura era el lapislázuli. Piedra semipreciosa y que encarecía grandemente el valor final. ¿Por qué ahora sigue siendo más caro cuando sabemos que ya no lo hacen con lapislázuli? Qui lo sa.

Todos los pigmentos marrones, rojizos, sienas, y negro, eran más baratos porque en los primeros casos se hacían con tierras de diferentes lugares (sí, tierra de Siena, etc.), y en el caso del negro con carbón o carbón de huesos. Y el resto: química. Sulfuros, óxidos, cromatos, cinc, hierro, plomo, titanio, y todos los materiales que se pueden encontrar en las etiquetas coloridas de cualquier pomito de 18 ml. El plomo fue utilizado para la obtención de blanco, hasta que se advirtió recientemente (principio de siglo XX) que era tóxico.

En cuanto a la etimología de la palabra médium, no es casual la coincidencia de términos con los médiums que engañaron al pobre Houdini desesperado con la muerte de su madre. Efectivamente un médium es el que mediatiza, el que lleva una cosa de un lugar a otro. El médium conecta, lleva el mensaje de los muertos a los vivos; el médium pictórico también conecta, lleva, mediatiza o transporta el pigmento hacia el soporte.

El médium puede ser de diferentes características, sólo basta que sea un líquido capaz de transportar un sólido. La historia del arte y de sus técnicas es un catálogo de médiums. El primero es por supuesto el agua, en el caso de la acuarela, las témperas o gouache, el acrílico y otras pinturas plásticas como el látex. El aguarrás u otro hidrocarburo, en el caso de las pinturas que tienen el aceite como aglutinante. Por ejemplo el óleo o los esmaltes (no confundir con los esmaltes para cerámica cuyo médium es el agua y el brillo y dureza se le da por temperatura. También pertenecen a esta categoría los barnices y las tintas gráficas. Las pinturas al aceite poseen mayor dureza en la terminación y son de secado más lento. El alcohol también es un medio utilizado en las tintas de secado rápido como en rotuladores, marcadores, etc.

La preocupación es básica e históricamente siempre la misma, qué medio utilizar para transportar un color de la naturaleza al soporte, de abstraerlo (o ahora nos vamos a creer que la abstracción nació con una pretenciosa acuarela de Kandinsky) de su entorno para aislarlo en una superficie. El transporte era entonces el problema, y no sólo el transporte de los pigmentos a través del médium, sino el de su combinación (pigmento + aglutinante = pintura) de un lugar a otro. Fue recién a fines del siglo XIX con la comercialización de la pintura al óleo fraccionada en pomos, que se facilitó la utilización y el traslado de la misma. Esto ayudó al nacimiento de la pintura a plen air como querían los impresionistas. El pintor tenía que simplemente, comprar los colores que prefiriese tener en su paleta, tomar su maletín, su trementina y salir a buscar la luz del sol.

Antes de esto, el pintor era también el conocedor de los bemoles de un oficio milenario, el de la preparación de los colores para su utilización en el estudio. Durante el Renacimiento los talleres de los artistas contaban con asistentes que desde jóvenes, iban aprendiendo los misterios de su labor, y preparaban las pinturas y los soportes donde los maestros trabajaban. Los discípulos eran también los encargados de pintar los fondos de los grandes frescos o retablos, para que los maestros dieran los últimos toques, insuflaran el soplo final de vida. Leonardo Da Vinci, el artista más reproducido, comentado, endiosado y mitificado por contemporáneos y posteriores críticos de occidente, no cuenta con un número preciso de obras que den certezas de su autoría. La Gioconda y poco más es lo que se le puede atribuir, y por supuesto sus croquis, dibujos, etc. Pero en cuanto a pintura es poco lo que se sabe de él. Antes bien, muchas de las obras que se han catalogado como suyas no cuentan con las pruebas suficientes como para no atribuírselas a sus ayudantes.

Miguel Angel por su lado, prescindió prácticamente de asistentes en la ejecución de los frescos de la Capilla Sixtina, salvo para la preparación de los colores y de las superficies. La ejecución fue íntegramente hecha por él. Si creemos en Hollywood, Charlton Heston tenía un sólo discípulo que lo auxiliaba, según la versión cinematográfica de la vida del artista, y no porque la Metro no tuviera dólares para contratar más extras.

Resultado:
a) el papa Julio II (un sufrido Rex Harrison) luchaba contra miguelito que nunca terminaba el fresco
b) los fondos de la Sixtina sin el auxilio de ayudantes son, debemos decirlo aquí, francamente malos; ya sea por una decisión estética de Miguel Angel que escultor sólo se interesaba por las figuras, o por otra razón, esto es así.

Un dato más que se relaciona con lo anterior. En el siglo XIX existían especialistas en fondos, en cielos, etc. Un pintor que hacía un cuadro para un salón (un cuadro histórico de grandes dimensiones por ej.) no tenía que preocuparse por apresar los fugaces efectos de la meteorología, sino que simplemente llamaba a un experto en cielos para que le pintara el suyo. Fantástico. Que paradoja pensar que uno puede estar admirando un autor que no es tal, que esta pincelada es de otro; y después leemos la Ley 11.723y los derechos de autor y nos creemos esto de la originalidad, bla, bla, bla. ¿Y el autor dónde está? No, no señor, Homero no existió o es un montón de autores dispersos, y el único lugar en el que vivió alguna vez no es Grecia sino en el fresco de un tal Rafael.

Pero volviendo a nuestro chamán semidesnudo (como se le pega a uno el imaginario occidental), qué hizo él sino tomar lo que ya había visto en la naturaleza y adaptarlo a sus necesidades. Y no me diga que esta no es una operación conceptual complicada, porque lo siento a tratar de encender el fuego con dos palitos secos y una piedra y vamos a ver dónde queda su mirada peyorativa sin esas prótesis llamadas fósforos, encendedor, magiclik, cocina, calefón, automóvil y que en realidad debieran llamarse no se hacer o no puedo hacer x cosa: alcanzame el no sé prender el fuego, pasame a buscar en el no puedo caminar a casa, etc.

En la naturaleza ya se encontraba el principio del médium y del transporte de una sustancia sólida por una líquida. El río que se lleva el tronco. ¡¡¡Apaguen esa música de Enya!!! Y dígame sino usted, o es que piensa que ese líquido que corre por adentro suyo y que denominamos sangre para no hacer una fatigosa enumeración de lo que transporta, es rojo. ¡No!. Es rojo porque lleva glóbulos rojos, además de plaquetas, glóbulos blancos, oxígeno y otras nimiedades. ¿O es que cree acaso que esos alegres pescaditos que hacen posibles nuestros hijos y nuestras palomas, llegan con sus 21 cromosomas hasta su mullido y luminoso objetivo por obra y gracia del espíritu santo, de la cigüeña o de ciertos repollos conspiradores? ¡No! Van nadando por un líquido. ¡Pero, y entonces, todo es un sólido que viaja en un líquido! ¡Todo es fluir como en el budismo Zen! Categóricamente ¡No!

Porque nuestro brillante siglo XX (y nunca mejor utilizada la metáfora) inventó la electricidad, mejor dicho, la forma de transportarla y darle utilidad, ya que según creo ya estaba inventada por un tal Dios y los rayos y relámpagos, o tal vez antes de eso por Zeus. Y después, descubrieron que esta electricidad podía transmitirse o dejar de transmitirse (switch on off), y que si interrumpimos el paso de la electricidad en distintas medidas temporales y le decimos al que está en la otra punta del cable (¡¡donde sea que esto sea!!) que un impulso largo es una raya y uno corto es un punto, y nos ponemos de acuerdo también que tantas rayas y puntos son tal letra etc.: sí, inventamos el telégrafo.

Y si viene además un tal señor Alexander Graham Bell y se pone a estudiar formas de mejorar el telégrafo y por una casualidad o causalidad del destino descubre que voces humanas pueden transmitirse a través de un cable (apoyándose un poco en los inventos de Edison y sus cilindros parlantes), entonces señores ¡tenemos el teléfono!

Es decir, hemos inventado un médium no líquido que es capaz de llevar información con total ¡celeridad!. De ahí hasta Internet y la información on line, o clock, of course hay un paso. Pero usted me dirá: la información no es un sólido, es una abstracción. Y la electricidad no puede tampoco transportar sólidos, ya que todavía no se ha inventado el teletransportador del capitán Kirk para que nos lleve de un lugar a otro. El médium electricidad no puede dejar de lado el médium líquido (sea cual sea). ¿Seguro que no?

Tarea N° 2: tome su DNI, vaya a su quiosco amigo, saque una fotocopia de la primera y segunda hoja, también la del cambio de domicilio de haberse efectuado en el último año. Vaya a su casa, tome la hoja por un extremo, sacúdala enérgicamente. La reproducción de su desmejorada foto (podemos decir que la foto de nuestro documento SIEMPRE es nuestra peor foto), permanece allí, indemne. ¿Cómo llegó hasta allí? ¡Touche!

Electrostática. La fotocopiadora trabaja con tonner, esto es un polvo, no hay ningún líquido. ¿Cómo llega al papel? Por electricidad, y se pega a él por el aglutinante resinoso que recubre los granos de tonner y que se disuelve por calor (por eso las hojas salen calientes). De cualquier forma: EL LIQUIDO SE HA IDO. Su Laser Jet funciona de forma similar, nada más que con un láser. No existen más nuestros pescaditos alegres ni nuestros troncos flotando, ni Heráclito y su río brillante ni el Ganges, nada: ELECTRICIDAD. Nada (tachado - de nadar – imposible sin líquidos) then: electricity.

Y usted dirá: pero bueno el progreso hace posible que gracias a este invento podamos contar con copias baratas de nuestros documentos más importantes con miras a tramitar nuestras pensionesjuvilacionesexpedientesetc, y esto es bueno porque es una facilidad para quien lo necesite y seguramente los costosblablablabla. Y yo le diría que usted se equivocó al leer esto, porque pensó que era un artículo, y tal vez el error sea mío al no advertirle desde un principio que lo que estaba tratando de escribir aquí era un poema. Que dice que un mundo de líquidos es más conveniente y más adecuado para hacer como decía Bukowsky: “... manténte alejado de Dios / permanece angustiado / deslízate...”. Y es que deslizarse sin líquidos es muy doloroso (ausencia de juego sexual previo), y si no pregunten a los pistones impávidos que evolucionan en nuestros motores de cuatro tiempos gracias a la bendición del 15W-40 (aceite).


miércoles 6 de febrero de 2008

p.Poemas/ Tres poemas de ferrocarriles


imagen AGM

p.Poemas/ Tres poemas de ferrocarriles / inédito – todos los derechos reservados / 1999 - 2000

Mitología entre andenes

Un silbido
en la noche
alejándose a pesar de cercano
metales entrechocándose
metal contra metal, metal sobre metal
una locomotora que se esfuerza
la noche vive un sueño de grasa
de bulones desmesurados ajustando los rieles:
qué dioses sin escala manejan este monstruo
cíclope de luz enorme
qué dioses enormes llevan sus riendas,
que manos vastas duras sucias agrietadas
revisan entre vagón y vagón
en esta noche chirriante
donde un solo pasajero navega
la inmensidad desvencijada
de los vagones,
y esta serpiente enorme de metal tuerto
amarillo y rojo raspado
grita en el descampado
y entre los faroles solitarios
que iluminan inútilmente calles vacías,
y los dioses que manejan el gasoil sagrado
luego de estacionar en las playas hostiles
rayadas por los rieles entre los yuyales,
dejan caminando el monstruo a las espaldas,
detrás las campanas
desvelan los andenes.


Mañana en la estación

Una estación de tren
extraña ajena dura
todo es duro, desvencijado, áspero
en la contradicción del sol que lo disuelve todo
incluidos nosotros que nos vamos poniendo
duros,
pasa una pareja con un chico de unos cinco años
ella grita insulta vocifera ninguno se apura
los pasos son ajenos a la pelea
el chico mira todo con una mirada vacía,
ella sigue gritando todas las cabezas se dirigen a ella
de pronto levanta la mano
suena un cachetazo feroz
él se inclina un poco
como un muñeco de trapo vuelve a su posición
de a poco
ella lo golpea nuevamente (sin dejar de caminar)
él ni siquiera hace una mueca
esta vacío
alrededor de su corazón han crecido una tras otra
costras de indiferencia una tras otra
nada la interesa nada lo lastima nada lo afecta
está muerto
además de un poco borracho,
ella lo golpea nuevamente en la nuca
el chico no los mira las costras ya empezaron a crecer
también en él,
mientras nosotros opinamos sin nada mejor que hacer
sobre la vida de este y de todos opinamos
una nena sostiene una lata de gaseosa
el tren se detiene
una vieja asoma un perro que lleva por la ventanilla
el perro permanece quieto como un cromo
la nena lo saluda “chau perito”
el perro no saluda
el padre sonríe
en la ventanilla posterior una chica algo fea
sonríe y se le ilumina la cara y es hermosa
la nena repite “chau perito”
el mundo se llena de pureza
se vuelve algo que vale la pena ser vivido
por el solo hecho de oír a esa nena
de ver la sonrisa de esa chica
el tren arranca
la manito se agita
“chau perito” se ríe
el mundo queda suspendido entre el abismo y los ángeles
entre monstruos que vociferan
y ojos transparentes,
YO mientras tanto
zumbando en el vacío.


Niño durmiendo en el vagón

Chapaleamos sin discurso sin cerebro sin nada
más que alma en nuestra pequeña y horrorosa desagradable
miseria
que colma nuestro horizonte.
Dios mira hacia un costado
la muerte cosecha con la hoz la muerte cosecha
niños ancianos
los niños duermen en los asientos
bamboleantes de los trenes balbuceantes que cortan el mundo con
sus costuras de acero y madera,
y nosotros nos bamboleamos preguntándonos por qué este pequeño
ser que no puede ser culpable de nada paga por nosotros
o por nuestros pecados
¿o es que quizás Jesús no pagó por los pecados de todos?
y entonces tenemos breves oscuros ingratos injustos holocaustos diarios
para que nosotros podamos seguir perpetuando nuestros errores
por siempre jamás amen.

Y el niño duerme tranquilo en el vagón
sucio y brutal de un tren que se dirige hacia la nada.